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El hilo de la memoria: La Facultad de Filosofía y Letras y la identidad universitaria

Gilaur Gallegos

Hablar de la Universidad Nacional Autónoma de México es evocar una de las instituciones educativas y culturales más complejas e influyentes de América Latina. Sin embargo, para comprender el alma de su proyecto académico, es preciso observar el corazón desde donde brotó su vocación humanista: la Facultad de Filosofía y Letras.

Las raíces de este espacio de conocimiento se remontan a 1551 con la fundación de la Facultad de Artes dentro de la Real y Pontificia Universidad de México. No obstante, su estructura moderna tomó forma en 1910 cuando Justo Sierra impulsó la reapertura de la universidad bajo el proyecto republicano, integrando la Escuela Nacional de Altos Estudios. Décadas más tarde, en 1924, la reorganización institucional otorgó a esta área el nombre con el que se le conoce hasta hoy, consolidando su compromiso con el pensamiento crítico y la creación cultural.

A lo largo del siglo XX, la Facultad no solo mudó de sede —pasando del emblemático edificio de Mascarones al campus central de Ciudad Universitaria en 1954—, sino que funcionó como el gran catalizador intelectual de la UNAM. De sus aulas no solo surgieron generaciones de escritores, pensadores e historiadores, sino que también se gestaron las bases para la creación de facultades autónomas como las de Ciencias, Psicología y Ciencias Políticas. Asimismo, dio origen a institutos clave para el país, entre ellos los de Investigaciones Históricas, Estéticas, Filológicas y Filosóficas.

Con hitos recientes como la inauguración en 2011 del edificio “Adolfo Sánchez Vázquez”, la Facultad reafirma que el estudio de las humanidades no es un vestigio del pasado, sino una herramienta indispensable para analizar el presente. Comprender la historia de este espacio es, en última instancia, entender cómo el pensamiento crítico ha moldeado la memoria y el futuro de la sociedad mexicana.