En algún punto, muchas personas empiezan a complicar lo que antes era completamente natural: disfrutar. Planear demasiado, pensar si vale la pena, si es el mejor plan o si hay algo mejor que hacer puede quitarle espontaneidad a momentos que antes simplemente se vivían.
Lo curioso es que muchas de las experiencias más memorables no surgen de una planificación perfecta, sino de momentos simples. Una salida improvisada, una plática larga sin intención o incluso una tarde tranquila pueden terminar siendo más valiosos que cualquier plan elaborado.
Parte de esto tiene que ver con cómo ha cambiado la forma en que se percibe el tiempo libre. Existe una tendencia a querer optimizar todo, incluso el descanso o el entretenimiento. Sin embargo, no todo tiene que ser la mejor opción posible para ser disfrutable.
Volver a lo simple implica soltar un poco esa necesidad de evaluar constantemente cada decisión. No todo tiene que ser memorable para tener valor.
A veces, disfrutar está en lo cotidiano: un buen café, una caminata sin rumbo, una conversación que se alarga más de lo esperado.
Recuperar esa capacidad no requiere grandes cambios, solo dejar de pensarlo tanto y permitir que las cosas pasen.
– Por Paco Corral
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