A medida que se avanza en la vida adulta, las decisiones comienzan a tener un peso distinto. Elegir un trabajo, cambiar de ciudad, iniciar o terminar una relación son ejemplos de decisiones que pueden generar ansiedad por sus posibles consecuencias.
Esta sensación no surge únicamente por la decisión en sí, sino por la idea de que existe una opción “correcta” que debe elegirse. La posibilidad de equivocarse puede paralizar o generar un exceso de análisis que dificulta avanzar.
Sin embargo, la mayoría de las decisiones importantes se toman sin tener certeza absoluta. Se eligen caminos con la información disponible en ese momento, y el resultado se construye con el tiempo.
La ansiedad también se alimenta de la percepción de permanencia. Pensar que una decisión define todo el futuro puede aumentar la presión, cuando en realidad muchas decisiones pueden ajustarse o cambiarse con el paso del tiempo.
Aprender a tomar decisiones implica aceptar cierto nivel de incertidumbre. No se trata de eliminar el miedo, sino de avanzar a pesar de él.
En muchos casos, el mayor aprendizaje no proviene de elegir correctamente desde el inicio, sino de adaptarse a lo que viene después.
– Por Paco Corral
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