En un mundo lleno de pantallas, retomar actividades manuales como tejer, bordar, pintar cerámica o hacer origami se ha convertido en un refugio emocional para miles de personas. Estas actividades estimulan la concentración, reducen la ansiedad y permiten entrar en un estado conocido como “flow”, donde la mente descansa mientras las manos trabajan. Según especialistas en neuropsicología, el trabajo manual activa áreas cerebrales que promueven la calma y la estabilidad emocional, similar a los beneficios de la meditación, pero con la ventaja de que generas algo tangible que puedes ver y usar.
Además, involucrarse en manualidades puede reforzar la autoestima, mejorar la tolerancia a la frustración y fomentar la creatividad, algo cada vez más necesario en un entorno donde predominan las tareas digitales y repetitivas. Crear algo desde cero conecta con la sensación de logro, algo que se pierde con actividades que solo implican consumo pasivo. No se trata de ser experto, sino de disfrutar el proceso, equivocarse, aprender y construir una práctica que ayude a equilibrar la rutina diaria.
Este tipo de actividades también son una excelente forma de socializar, ya que existen comunidades, cursos y grupos donde compartir proyectos, ideas y técnicas. Es un escape saludable, económico y profundo que puede transformar el bienestar cotidiano.
– Por Paco Corral
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