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Aprender a poner límites sigue siendo una de las tareas más difíciles

Poner límites no es sencillo porque suele confundirse con rechazo, frialdad o egoísmo. Desde temprana edad se refuerza la idea de que ser accesible, comprensivo y disponible todo el tiempo es una virtud. Sin embargo, vivir sin límites claros termina generando desgaste emocional y relaciones desequilibradas.

Cuando no se establecen límites, se comienza a aceptar más de lo que se puede manejar. Compromisos, favores y responsabilidades ajenas se acumulan hasta que el cansancio se vuelve evidente. En ese punto, aparecen la frustración, el enojo contenido y la sensación de no ser valorado.
Poner límites no implica dejar de ser empático. Al contrario, permite relaciones más honestas y sanas. Decir hasta dónde se puede y hasta dónde no es una forma de cuidado personal y también de claridad para los demás.
Aprender a poner límites requiere práctica y, muchas veces, incomodidad. No siempre será bien recibido, pero a largo plazo evita conflictos mayores y protege el bienestar emocional.

– Por Paco Corral
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