Una de las transiciones más complejas en la vida ocurre cuando una etapa termina sin que exista un evento claro que la marque. No siempre hay despedidas evidentes ni cierres definitivos; muchas veces simplemente se deja de sentir igual que antes. Cambian intereses, rutinas, prioridades e incluso la forma de relacionarse con las personas.
Este tipo de cambios suele generar confusión porque no siempre se entiende por qué algo que antes funcionaba ahora se siente distinto. Se intenta mantener dinámicas pasadas por costumbre o nostalgia, aunque ya no representen el momento actual. Sin embargo, crecer implica precisamente eso: aceptar que lo que fue importante en algún momento puede dejar de serlo.
Resistirse al cambio de etapa genera una sensación constante de incomodidad. En cambio, reconocer que la vida se mueve por ciclos permite adaptarse con mayor tranquilidad. Cada etapa cumple una función distinta y aporta aprendizajes específicos.
Aceptar los cambios personales no significa olvidar el pasado, sino integrarlo como parte del proceso. La identidad no es fija; evoluciona conforme cambian las experiencias. Comprender esto ayuda a vivir las transiciones con menos miedo y más apertura hacia lo que viene.
– Por Paco Corral
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