Existe la idea de que una buena decisión debe sentirse clara, firme y libre de dudas. En la práctica, muchas decisiones relevantes vienen acompañadas de incertidumbre. Cambios de rumbo, cierres de ciclos o nuevas etapas suelen generar miedo incluso cuando se intuyen necesarias.
Esperar certeza absoluta antes de decidir puede llevar a la parálisis. La duda no siempre indica error; muchas veces es señal de que la decisión importa. Tomar decisiones implica asumir riesgos y aceptar que no todo puede preverse.
Con el tiempo, muchas personas descubren que las decisiones más significativas no se tomaron cuando todo estaba claro, sino cuando algo dejó de funcionar. Escuchar esa incomodidad interna suele ser más honesto que esperar validación externa.
Aprender a convivir con la duda permite avanzar con mayor autenticidad. Las decisiones no siempre se sienten bien al inicio, pero pueden cobrar sentido con el tiempo. Elegir también es un acto de confianza en la propia capacidad de adaptarse y aprender.
– Por Paco Corral
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