El Estadio Olímpico Universitario volvió a colocarse en el centro de la actividad futbolística nacional al recibir las finales del “Mundial Social”, torneo impulsado por la presidenta Claudia Sheinbaum rumbo a la Copa del Mundo y en el que participaron más de 1.2 millones de niñas, niños y jóvenes de todo el país.
El inmueble, considerado una de las obras más representativas de Ciudad Universitaria, alberga la fase definitiva de la competencia en la que equipos de primaria, secundaria, bachillerato y alto rendimiento disputan los encuentros finales tras superar etapas municipales, estatales y nacionales.
Más allá de su relevancia deportiva, el estadio es una de las piezas arquitectónicas más emblemáticas de México. En su costado oriental luce el mural “La universidad, la familia y el deporte en México”, realizado por el muralista Diego Rivera, quien originalmente proyectó extender la obra por gran parte de la fachada exterior del recinto, aunque el proyecto quedó inconcluso tras su fallecimiento.
La académica de la Facultad de Arquitectura de la UNAM, María de Lourdes Cruz González Franco, explica que el estadio fue concebido en pleno auge del movimiento moderno, corriente arquitectónica caracterizada por la funcionalidad, el uso de concreto y acero, así como la eliminación de elementos decorativos innecesarios.
La construcción estuvo a cargo de los arquitectos Augusto Pérez Palacios, Jorge Bravo Jiménez y Raúl Salinas Moro, quienes aprovecharon una depresión natural existente en el Pedregal de San Ángel para desarrollar el proyecto. La roca volcánica extraída del terreno fue utilizada para formar las graderías y parte de la estructura perimetral.
“Esta concepción del estadio como una boca volcánica, en palabras de Diego Rivera, es un ‘cráter arquitectonizado’”, señala la especialista.
La primera piedra del inmueble fue colocada el 7 de agosto de 1950 y en su construcción participaron más de 10 mil obreros. El diseño buscó ofrecer una visibilidad óptima para los espectadores mediante graderíos descendentes y simétricos, además de integrar armónicamente la arquitectura con el entorno natural de lava solidificada característico del sur de la Ciudad de México.
Cruz González Franco también descarta algunas de las teorías populares sobre la inspiración del estadio. Asegura que en los archivos del arquitecto Augusto Pérez Palacios no existe evidencia de que el diseño estuviera basado en redes de pesca de Pátzcuaro, mariposas o sombreros de charro, como se ha afirmado durante décadas.
“Está lleno de documentos científicos, de mediciones complicadas, trazos geométricos precisos y cálculos estructurales”, explica la investigadora.
Concebido como un espacio deportivo de vanguardia y con referencias visuales a la arquitectura prehispánica, el Estadio Olímpico Universitario fue acompañado desde su origen por instalaciones complementarias para el desarrollo atlético, entre ellas canchas de entrenamiento, alberca y gimnasio. Más de siete décadas después de su inauguración, el recinto vuelve a ser escenario de una competencia nacional que busca impulsar a las futuras generaciones del futbol mexicano.
