La investigación científica es muy necesaria para que una sociedad avance con nuevos tratamientos para paliar enfermedades, por ejemplo. Pero hay un gran problema detrás que todavía se arrastra y que para mucha gente puede ser incomprensible: el uso de animales de laboratorio para hacer las pruebas de estos nuevos avances antes de hacerlas en los humanos. Y es que, como reconoce la comunidad científica española: “usaríamos métodos alternativos si pudiéramos”.
Una paradoja. Pese a que vivimos una época en la que la inteligencia artificial y la bioingeniería dominan el paradigma actual de la sociedad, seguimos dependiendo de un marco diseñado en 1959 para validar si un fármaco es seguro o no. Este pasa por el uso de la experimentación animal, que lleva siendo durante años un gran conflicto ético dentro de la ciencia.
El problema es que pese a todos los avances que existen, el uso, por ejemplo, de un ratón de laboratorio no se puede sustituir por la falta de una alternativa que sean tan completa como esta.
El problema. El marco regulatorio que ahora mismo hay sobre la mesa se centra en el principio de las 3R propuesto por Rusell y Burch hace más de 60 años: Reemplazo, Reducción y Refinamiento. Una teoría que a priori parece bastante noble, ya que en pocas palabras se puede resumir en: si puedes no usar animales, no los uses; si tienes que usarlos, usa los menos posibles; y si los usas, hazles el menor daño posible.
Sin embargo, tal y como ha analizado la propia ciencia, este marco se ha convertido en algo ‘procedimental’. Es decir, se ha vuelto una lista de tareas burocráticas que legitima el uso de los animales bajo el pretexto de que es un mal necesario que debemos asumir si o si para seguir avanzando como sociedad.
La ética. Los análisis bioéticos que se hacen sobre esta materia ponen el foco sobre el tipo de estudios que se aprueban para usar animales. Y es que no se analiza en este punto si va a aportar mucho o poco al conocimiento científico, sino cómo está diseñado el experimento que se propone.
De esta manera, si un experimento está bien diseñado, se aprueba para que use animales. Todo ello pese a que su aportación al conocimiento sea marginal o insignificante. Algo que crea un “agujero ético”: seguimos asumiendo un daño animal certero a cambio de un beneficio humano incierto o difuso.
