Gilaur Gallegos
El café es mucho más que una simple bebida estimulante; en México representa una compleja trama de historia, biodiversidad y expresión social. Aunque el cafeto (Coffea arabica) llegó a finales del siglo XVIII por el puerto de Veracruz y estableció sus primeras plantaciones en Córdoba entre 1790 y 1796, su rápida adopción transformó la economía rural y la identidad cultural del país.
El verdadero hito de la cafeticultura mexicana radica en la adaptación agroecológica. Desde Córdoba, las semillas de la variedad criolla Typica se distribuyeron hacia otras regiones, como la Sierra Sur de Oaxaca. Allí, al cultivarse durante más de un siglo bajo las condiciones de suelo, altitud y humedad del Pacífico en Pluma Hidalgo, la planta se adaptó genéticamente de forma natural. Así nació la variación conocida como Typica Pluma, una adaptación única con identidad botánica propia que dio origen a la Denominación de Origen (DO) del Café Pluma.
Esta fascinante evolución no es exclusiva de Oaxaca. Chiapas y Veracruz tampoco producen un grano genérico: sus cafetales se han modelado según sus propios microclimas —volcánico en Veracruz y selvático en Chiapas— dando lugar a perfiles sensoriales inigualables.
Hoy, el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI) reconoce la calidad, autenticidad y métodos tradicionales de estas tres regiones históricas mediante sus Denominaciones de Origen: Café Veracruz, Café Chiapas y Café Pluma. En cada taza se conserva la riqueza de un patrimonio vivo.