La historia de la oblea está estrechamente vinculada con la tradición religiosa colonial. Introducida por las órdenes religiosas para la elaboración de las hostias litúrgicas, la receta pronto rebasó los muros de los conventos para adaptarse al paladar popular.
Al incorporarle colorantes de origen natural, mieles de la región y semillas endémicas, las maestras dulceras convirtieron un pan ácimo sin levadura en una pieza clave de la confitería festiva, indispensable en mayordomías, atrios e iglesias durante las fiestas patronales.
A diferencia de la producción industrial moderna, la oblea oaxaqueña conserva un proceso estrictamente manual que requiere destreza y rapidez frente al fuego:
Se prepara una masa líquida y ligera a base de harina de trigo, agua y una pizca de sal, a la que habitualmente se añaden tintes vegetales para lograr sus característicos tonos rosa, amarillo, verde y blanco.
Se vierte una porción exacta en pinzas o bastidores de hierro pesado fijos sobre braseros. La masa se prensa durante pocos segundos hasta obtener una lámina ultradelgada y crujiente.
Aún caliente y maleable, la oblea se unta con miel de piloncillo, miel de abeja o cajeta, se espolvorea generosamente con pepitas de calabaza (limpias o doradas) y se dobla por la mitad o en forma de taco antes de que endurezca.
Aunque en la actualidad existen versiones empaquetadas industrialmente con obleas de cajeta comerciales, los productores del Mercado Benito Juárez y de comunidades como Tlacolula o Ocotlán defienden el valor del producto fresco hecho el mismo día. La combinación entre lo crujiente de la lámina, el dulzor de la miel y el toque tostado de la pepita sigue siendo un sello indiscutible de la identidad oaxaqueña.
