En años recientes, México y Estados Unidos han reforzado su cooperación para administrar el agua del río Colorado, un recurso fundamental que nace en las Montañas Rocosas de EU y recorre más de 2 300 km antes de llegar al noroeste mexicano. Este río abastece a comunidades urbanas, tierras agrícolas y ecosistemas que dependen de su caudal para sobrevivir, pero la reducción histórica del flujo debido a presas y desvíos transformó radicalmente el paisaje natural del delta en México y planteó retos que exigían una respuesta conjunta. 
El corazón de esta cooperación es el Tratado de Aguas de 1944, un acuerdo binacional que establece cómo se comparten las aguas del Colorado y otros ríos fronterizos entre ambos países, fijando montos mínimos que cada uno debe entregar a lo largo de ciclos de cinco años. En el contexto actual, marcado por sequías prolongadas y presiones políticas, se han impulsado nuevas negociaciones para ajustar los volúmenes y tiempos de entrega, buscando mayor certeza y previsibilidad en el flujo de agua que México envía a Estados Unidos. 
Este esfuerzo diplomático y técnico busca no solo cumplir con los compromisos legales, sino también revitalizar zonas degradadas y garantizar que la distribución del agua responda a las necesidades humanas y ambientales de ambos lados de la frontera. La evolución del trato sobre el río Colorado refleja cómo cuestiones ambientales pueden convertirse en temas centrales de colaboración internacional, obligando a gobiernos y especialistas a innovar en la gestión de recursos compartidos frente al cambio climático.
