Desde la pista aérea en Tuxtla Gutiérrez despega también la historia de Sebastián Zerpa, joven teniente piloto aviador de la Fuerza Aérea Mexicana que convirtió un sueño de infancia en una misión de vida. Al mando de un Texan T-6C, aeronave biplaza de entrenamiento avanzado capaz de alcanzar velocidades superiores a los 300 nudos y operar a más de 31 mil pies de altitud, Zerpa forma parte del Escuadrón Aéreo 202, una unidad clave en la formación y adiestramiento de nuevos pilotos militares.
Cada vuelo comienza desde un día antes, cuando se asigna la misión y se revisan rutas, objetivos y condiciones. Antes de despegar, el piloto es sometido a revisiones médicas, sesiones de meteorología y control de vuelo, además de inspecciones minuciosas de la aeronave.
Detrás de cada despegue hay años de estudio, constancia y sacrificio. La carrera de piloto aviador militar implica una exigente formación académica, física y psicológica que se extiende por varios años en la Escuela Militar de Aviación, donde los cadetes se preparan no solo para volar, sino para servir a la nación en misiones de adiestramiento, auxilio a la población y apoyo en situaciones de emergencia.
Los vuelos de la Fuerza Aérea Mexicana no solo representan destreza técnica, sino también el compromiso de sus integrantes con la seguridad y el bienestar del país. Las insignias, grados y distintivos que porta un piloto hablan de pertenencia, responsabilidad y orgullo institucional, símbolos de un camino que comienza con la vocación y se consolida con estudio, perseverancia y el honor de surcar los cielos al servicio de México.
