Entre redes, agujas, hilos y fibras naturales, Carlos Sánchez da forma a una de las piezas más emblemáticas de la Fiesta Grande: la montera de los parachicos. Su historia como artesano comenzó por necesidad y observación, cuando siendo niño no contaba con una montera para participar y aprendió mirando a su hermano trabajar… con el tiempo, ese aprendizaje silencioso se transformó en un oficio.
El proceso de elaboración es completamente artesanal y puede tomar alrededor de cuatro días de trabajo continuo por pieza, sin considerar el tiempo de crecimiento de la principal materia prima de la fibra.
La calidad de su trabajo se distingue por el uso de materia prima endémica, más resistente y duradera, además marca la diferencia tener la elemento básico en casa, aunque en ocasiones la escasez lo obliga a complementar con materiales de regiones cercanas.
A lo largo del último año, la demanda creció de manera notable, impulsada por el reconocimiento de los parachicos como patrimonio cultural inmaterial, lo que llevó a Carlos Alberto a producir cerca de medio centenar de monteras destinadas tanto a comunidades locales como a otros estados.
Consciente de que el conocimiento debe compartirse, ha enseñado el oficio a amigos, compañeros y a su propio hijo, convencido de que la tradición se preserva mejor cuando se transmite sin envidia. Para él, valorar una montera implica reconocer las horas de trabajo, los años de crecimiento del maguey y la importancia de no regatear un arte que, más que un objeto, representa identidad para la comunidad chiapacoseña.
