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El refugio de la calma: cuando la regulación emocional empieza en los adultos

Gilaur Gallegos

La neurociencia demuestra que, a través de las neuronas espejo, el sistema nervioso de un niño es capaz de calmarse casi por completo imitando la tranquilidad que percibe en el adulto. Por esta razón, pedirle a un hijo que no grite, no se enfrasque en una rabieta o no se desespere es exigirle un nivel de autocontrol que su cerebro inmaduro aún no puede construir por sí mismo. Pretender que se regulen solos en medio de la tormenta es ignorar su biología.

Gestionar nuestras propias emociones adultas no constituye una carga más en la larga lista de exigencias de la crianza, sino la herramienta de apoyo más potente y transformadora que podemos ofrecerles. Los niños no aprenden a través de lo que les ordenamos en momentos de tensión, sino mediante la forma en que nos ven transitar y resolver el conflicto.

Antes de reaccionar de manera automática ante su desborde, vale la pena detenerse un instante a respirar y preguntarse: ¿es nuestra propia calma lo que el cerebro de nuestro hijo necesita en este preciso momento para recuperar la paz? Ser su ancla emocional es el mayor acto de amor y guía que podemos regalarles.