Por Gilaur Gallegos
Hay fechas en el calendario que no solo marcan el paso del tiempo, sino que transforman para siempre la identidad de toda una comunidad. En la memoria de Michoacán, una de las jornadas más significativas ocurrió el 3 de septiembre de 1852, momento en el que se redefinió el rumbo institucional y cultural de la cuenca de Pátzcuaro.
En aquel día, el Congreso del Estado de Michoacán emitió el decreto oficial que elevó al antiguo asentamiento de origen purépecha, conocido como Cocupao, al rango de Villa. Sin embargo, el aspecto más trascendental de esta resolución fue el cambio formal de su denominación para adoptar el nombre de Quiroga. Este acto no representó un mero trámite administrativo, sino un reconocimiento expreso al dinamismo económico que el poblado ya manifestaba como punto de contacto entre el occidente del país y el centro del estado.
Al rebautizar la localidad, las autoridades e instructores de la época inmortalizaron el trabajo de Don Vasco de Quiroga, el recordado “Tata Vasco”. Siglos atrás, el primer obispo de la diócesis había impulsado un modelo de organización social y especialización productiva por pueblos. En el caso de esta zona, su intervención fortaleció la tradición del trabajo en madera torneada y laqueada, un saber artesanal que se transmitió entre generaciones hasta convertirse en el sustento de cientos de familias locales.
Con el paso de las décadas, aquella Villa continuó su expansión hasta consolidarse en la próspera ciudad que conocemos hoy. Además de conservar su prominencia artesanal, el municipio conquistó el escenario gastronómico nacional al posicionarse como la inconfundible Capital de las Carnitas. Conmemorar el 3 de septiembre permite comprender la evolución de una comunidad que supo modernizarse y convertirse en un motor comercial, preservando con orgullo la memoria, el trabajo y el nombre que le dieron origen.
