Ricardo Pérez, integrante del exitoso pódcast La Cotorrisa, volvió a colocarse en el centro de la conversación mediática, pero esta vez no por un chiste viral, sino por una confrontación indirecta con la prensa de espectáculos. Lo que inició como una serie de cuestionamientos hacia su vida personal terminó transformándose en una respuesta pública que muchos interpretaron como burla directa hacia los programas de chismes.
En días recientes, algunos medios retomaron rumores y especulaciones alrededor de su relación sentimental, generando titulares que rápidamente circularon en redes sociales. Ante esto, Ricardo optó por no responder con un comunicado formal ni con declaraciones tradicionales. En cambio, utilizó su propio terreno: el humor. Durante una transmisión y posteriormente en contenido digital, parodió el estilo de los programas de espectáculos, exagerando tonos dramáticos y fórmulas sensacionalistas.
El momento se volvió tendencia. Para sus seguidores, fue una jugada inteligente: convertir el señalamiento en contenido y restarle poder al rumor. Para algunos periodistas, en cambio, fue una falta de respeto hacia el trabajo informativo. El choque dejó en evidencia una tensión cada vez más visible entre creadores digitales y medios tradicionales.
Lo interesante es el fondo del asunto. Hoy, figuras como Ricardo Pérez no dependen de la televisión ni de revistas para comunicar su versión. Tienen audiencia directa, plataformas propias y millones de seguidores que consumen su narrativa sin intermediarios. Eso cambia el equilibrio de poder. La prensa ya no tiene el monopolio del relato.
