A sus 51 años, Leonardo DiCaprio sigue siendo la voz del glamour clásico, pero esta semana también se convirtió en la voz de la preocupación. En una entrevista reciente, el actor habló con franqueza sobre el futuro de las salas de cine, comparándolas con espacios artísticos de nicho, como clubes de jazz: lugares valiosos, pero cada vez menos masivos.
DiCaprio, que vivió la cúspide del estrellato cuando las alfombras rojas dictaban la conversación cultural, hoy observa cómo el streaming desplazó rituales sociales que antes eran inamovibles. Su comentario no fue un ataque al futuro, sino una advertencia elegante: si la experiencia cinematográfica no se protege, el cine podría dejar de ser un fenómeno colectivo y convertirse en una vivencia casi artesanal.
Las reacciones no se hicieron esperar. Directores veteranos aplaudieron su postura, mientras creadores jóvenes debatieron si realmente las nuevas generaciones extrañan ir al cine o solo aman el contenido sin importar la pantalla. Lo interesante es que Leo no se quedó en la queja: también habló de su nueva película en puerta, un thriller psicológico donde interpreta a un hombre que investiga una red de corrupción ambiental. Un papel que conecta con su activismo y con el sello de proyectos que lo han caracterizado en los últimos años: historias donde el entretenimiento sirve para empujar conversaciones incómodas, necesarias.
Hollywood está en un momento bisagra: taquillas que se inflan por nostalgia, algoritmos que dictan lo viral y un público que consume rápido, olvida rápido. DiCaprio, consciente de ese ritmo, defendió la lentitud del ritual cinematográfico como un valor. Porque sí: ver una película en una sala oscura, con desconocidos que reaccionan a la vez, sigue teniendo un encanto que ninguna app ha logrado replicar.
