Por: Gilaur Gallegos
La vida de Doña Josefa Ortiz de Domínguez, suele reducir su vida a un solo instante dramático: el taconazo contra el suelo para anunciar que la conspiración había sido descubierta. Sin embargo, detrás de ese mito escolar se esconde una historia profundamente humana, marcada por la valentía, la angustia de una madre y una convicción política inquebrantable que ni la cárcel ni el aislamiento pudieron doblegar.
A principios de 1810, Querétaro era un hervidero de tensiones. La Nueva España sufría bajo el yugo de la Corona Española y las ideas de libertad comenzaban una circular en secreto. Josefa no era una espectadora pasiva en este escenario; era el alma de las reuniones clandestinas que se disfrazaban de veladas literarias. Desde la Casa de la Corregiduría, arriesgó no solo su posición social y la carrera de su esposo, el Corregidor Miguel Domínguez, sino la tranquilidad de su numerosa familia. Creía con firmeza en una causa justa y utilizó su inteligencia para financiar con sus propios recursos la compra de armas y la organización del movimiento que planeaba estallar en diciembre. Así lo confirma la denuncia del alcalde Juan Ochoa conservada en la Serie Historia del Archivo General de la Nación, donde la señala no como una simple acompañante, sino como una de las principales incitadoras que expresaba abiertamente su rechazo a la dominación española.
Sin embargo, el miedo y la traición destruyeron el plan inicial. A mediados de septiembre, la conspiración fue delatada por el capitán Joaquín Arias y Mariano Galván. Su propio esposo, angustiado y presionado por las autoridades realistas para investigar las denuncias, decidió encerrarla bajo llave en su habitación para protegerla de la persecución y evitar que cometiera una imprudencia. Cualquier otra persona se habría resignado ante la puerta cerrada, pero Josefa entendió que de su astucia dependía la vida de sus compañeros y el futuro del país.
A través de la cerradura, logró comunicarse con el alcaide Ignacio Pérez para encomendarle la misión más urgente de la historia de México: cabalgar sin descanso junto con el capitán Juan Aldama para avisar a Ignacio Allende y Miguel Hidalgo que el gobierno venía por ellos. Ese aviso desesperado obligó al cura Hidalgo a tomar las armas en la madrugada del 16 de septiembre de 1810, un hecho cuya urgencia quedó registrada en el proceso judicial seguido a Aldama en Chihuahua en 1811, recopilado por el historiador Juan E. Hernández y Dávalos.
Pero el verdadero calvario de Josefa comenzó después de que sonaron las campanas en Dolores. Lejos de amedrentarse tras el estallido de la guerra, continuaron apoyando en secreto a la insurgencia, lo que provocó el rencor feroz de las autoridades coloniales. En los informes oficiales enviados al virrey Félix María Calleja en diciembre de 1813 resguardados también en el Archivo General de la Nación, el doctor Mariano Beristáin la calificó como una verdadera «Ana Bolena»: un agente audaz, incorregible e inteligente, cuyo patriotismo le resultaba peligroso a la Corona.
A finales de ese mismo año, las autoridades la arrestaron y la trasladaron incomunicada a la Ciudad de México. Los años siguientes mostraron el rostro más amargo de su lucha. Separada brutalmente de sus catorce hijos y recluida en el Convento de Santa Teresa la Antigua y en la cárcel de la ciudad, Josefa vivió el encierro sin conocer formalmente los cargos en su contra durante años. Las cartas que envió al virrey desde su celda revelan a una mujer de carne y hueso: una madre angustiada por el desamparo de su familia y la salud deteriorada de su esposo, pero también a una ciudadana firme que exigía justicia y el respeto a sus derechos legales. Jamás se humilló ni pidió perdón a cambio de su libertad.
Fue hasta 1817 cuando el nuevo virrey, Juan Ruiz de Apodaca, la liberó. Josefa sobrevivió a la guerra y vio a México convirtiéndose en una nación independiente, manteniendo hasta el último de sus días una dignidad intachable que rechazó títulos y recompensas públicas.
La historia de Josefa Ortiz de Domínguez no es solo la cronología de una conspiración, sino el retrato de una mujer real que convirtió el miedo en acción. Su legado no reside únicamente en haber sido la esposa del Corregidor, sino en haber sido la mente estratégica y la voz inquebrantable que demostró que la libertad de un pueblo a veces nace del coraje de una sola persona.
