Un mensaje enviado, un doble check azul y, de pronto, el silencio. En ese espacio de tiempo, que puede durar minutos o días, el estómago se encoge. La reacción inmediata para muchos es instintiva: desbloquear la pantalla del smartphone, sumergirse en redes sociales, enviar mensajes en bucle buscando consuelo. Hemos convertido nuestros dispositivos en un “chupete emocional” para calmar la angustia del “no saber”.
En una era donde la hiperconexión nos promete respuestas instantáneas, la ciencia y la psicología lanzan una advertencia clara: nuestra incapacidad para tolerar la incertidumbre nos está haciendo cada vez más frágiles.
El cerebro ante el caos. Para entender qué nos ocurre, hay que mirar a nuestra biología. Tal y como explica la psicóloga Regina López Riego, nuestro cerebro está evolutivamente diseñado para buscar patrones y dar sentido a todo lo que nos rodea. “Esto fue clave para nuestra supervivencia como especie: identificar amenazas y anticipar peligros”, señala. Sin embargo, en el mundo actual, esa necesidad de certeza se traduce en un sufrimiento constante.
El problema radica en que vivimos en un universo regido por la entropía. Desde el equipo de Nalu Psicología recuerdan que, basándonos en la teoría del caos y la termodinámica, los sistemas tienden al desorden. “El futuro es incierto y, de una manera u otra, nos manejamos como podemos ante ello”, explican. Cuando acechan cambios, el miedo toma el protagonismo alertándonos de un posible peligro.
Para mitigar ese miedo, recurrimos a un parche: el control. No obstante, es una trampa. El cerebro procesa los síntomas de la ansiedad de la misma manera que se relaciona con la incertidumbre, liberando grandes cantidades de noradrenalina que afectan a nuestro sistema nervioso. Cuanto más intentamos amarrar el futuro, más malestar generamos.
