En los pasillos del Mercado Benito Juárez y en los puestos tradicionales del Centro Histórico, pequeños recipientes de barro cocido llaman la atención de locales y visitantes: son los populares cantaritos o jarritos de tamarindo, una de las piezas más coloridas y apreciadas de la confitería artesanal oaxaqueña.
El atractivo de este dulce radica en la fusión de dos tradiciones representativas del estado: la alfarería en barro y la elaboración de dulces tradicionales a base de frutas locales.
Los minicantaritos son moldeados y horneados por artesanos alfareros de Valles Centrales. Una vez fríos, las familias dulceras los rellenan con una pasta espesa de tamarindo cocida a fuego lento en cazos de cobre, sazonada según la receta familiar con azúcares naturales, sal de grano y mezclas de chiles secos de la región (como chile de árbol o pasilla oaxaqueño).
Además de su sabor agridulce y picante, el cantarito de tamarindo ha ganado popularidad como recuerdo icónico de Oaxaca. Al terminar la pulpa, los compradores conservan la pieza de barro como recuerdo o elemento decorativo, consolidando a este dulce como un símbolo de la identidad cultural y económica de los productores locales.
