Skip to content

La palabra empeñada también cuenta: el activo menos visible de Carlos Torres Piña

La recta final de una competencia política suele producir un fenómeno predecible: mientras más cerca parece la definición, mayor es la tentación de abandonar las reglas establecidas al principio. Aparecen ataques que parecían descartados, alianzas que semanas atrás se negaban y argumentos que contradicen lo dicho unos meses antes. Por eso, además de revisar encuestas, estructuras y resultados, existe otro elemento que vale la pena observar en Carlos Torres Piña: qué tanto se parecen sus decisiones de hoy a los compromisos que planteó cuando comenzó esta etapa.

Hay un dato reciente que ayuda a ponerlo en perspectiva. El estudio de AIMSA realizado del 20 al 24 de julio, mediante 3 mil 850 entrevistas cara a cara, encontró que 64 por ciento considera que Carlos Torres Piña cumple lo que promete. La misma medición registró 69 por ciento en el atributo de conocer el estado y 61 por ciento en capacidad para gobernar. El porcentaje sobre cumplimiento resulta particularmente interesante porque no mide conocimiento ni preferencia; mide credibilidad personal.

Ese tipo de indicador no debería interpretarse como certificado de virtud. Las encuestas miden percepciones y las percepciones pueden cambiar. Pero sí obliga a preguntarse de dónde viene ese atributo. En el caso de Torres Piña existen al menos tres decisiones recientes que permiten buscar una explicación: anunció que separaría su responsabilidad institucional de su actividad política y solicitó licencia; afirmó que no convertiría la competencia interna en una guerra personal y mantuvo esa línea; y dijo que recorrería y escucharía antes de plantear conclusiones, algo que terminó dominando buena parte de su agenda.

La licencia en la Fiscalía es probablemente el ejemplo más evidente. El Congreso autorizó su separación temporal por 45 días a partir del 22 de junio. Podría haber intentado mantener simultáneamente la enorme exposición pública que ofrece la Fiscalía y una actividad política creciente, pero decidió establecer una separación formal. La relevancia del hecho no está en presentarlo como sacrificio extraordinario, sino en que coincide con la regla que él mismo había anunciado.

La segunda prueba llegó con los ataques. Durante semanas circularon videos, acusaciones y campañas digitales cuestionando desde su trabajo en la Fiscalía hasta episodios de su trayectoria política. También hubo intentos de llevar algunas controversias a instancias partidistas. Torres Piña respondió en diversas ocasiones que no entraría en una dinámica de confrontación y, de acuerdo con el registro de su conducta pública durante esta etapa, sostuvo una disciplina poco habitual: no convirtió a ninguno de los otros participantes en personaje permanente de su propia comunicación.

La razón adquiere importancia cuando se observa lo que viene después. Un proceso interno con múltiples aspirantes no termina realmente cuando se conoce un resultado. Al día siguiente comienza una tarea mucho más difícil: volver a integrar trayectorias, equipos y liderazgos que durante meses compitieron entre sí. El material de análisis de esta etapa identifica precisamente ese problema: la pregunta no es solamente quién puede encabezar, sino quién tendrá capacidad para conseguir que las distintas trayectorias sigan caminando juntas una vez terminada la competencia.
Ahí es donde la forma de competir deja de ser una cuestión estética y se convierte en un activo político. Resulta bastante sencillo pronunciar un llamado a la unidad después del resultado; es más difícil convencer de esa unidad a quien fue atacado durante meses. No haber cruzado determinadas fronteras durante la competencia reduce al menos parte de esa deuda.

Existe además una tercera dimensión de la palabra cumplida que conecta con el territorio. Desde el inicio de sus recorridos, Torres Piña insistió en que no pretendía limitar las reuniones a pedir respaldo, sino registrar planteamientos y regresar posteriormente con quienes los habían realizado. Los materiales preparados para la siguiente etapa incluso colocan el “reencuentro” como una pieza central: regresar con personas conocidas durante la ruta y explicar qué ocurrió con aquello que plantearon.

Ese detalle parece menor, pero ayuda a entender por qué el atributo de cumplimiento puede resultar políticamente valioso. La mayor parte de la desconfianza hacia la política no surge porque los ciudadanos esperen que todo problema se resuelva inmediatamente; surge cuando después de una reunión nadie vuelve, nadie responde y nadie recuerda aquello que se prometió. Cumplir también puede significar algo tan básico como regresar.
Nada de esto convierte a Carlos Torres Piña en alguien exento de contradicciones. Más de veinte años en la actividad pública ofrecen suficientes decisiones para ser discutidas y criticadas. Tampoco un 64 por ciento de percepción favorable sobre cumplimiento elimina a quienes opinan exactamente lo contrario. Una lectura seria de cualquier medición debe reconocer ambas cosas.

Lo interesante es que, conforme avanza esta etapa, aparece una correspondencia entre atributo medido y conducta observada. Separó responsabilidades cuando dijo que lo haría; evitó la confrontación personal después de comprometerse a una competencia respetuosa; recorrió el estado durante semanas cuando afirmó que el territorio sería el centro de su trabajo. Después cada ciudadano puede decidir cuánto valen esas decisiones.
En política existe una enorme diferencia entre la promesa y la palabra. La primera se pronuncia pensando en lo que ocurrirá después; la segunda se comprueba mirando hacia atrás. En el caso de Carlos Torres Piña, el 64 por ciento que dice confiar en que cumple lo que promete plantea una pregunta interesante para el cierre de esta etapa: cuántas de las cosas que dijo al comenzar pueden verificarse hoy en decisiones concretas. Esa revisión probablemente diga más sobre un liderazgo que cualquier nueva promesa pronunciada en la recta final.