Cuando en 1482 Leonardo da Vinci quiso ofrecer sus servicios a Ludovico Maria Sforza le envió una carta en la que se presentaba básicamente como un ingeniero especialmente útil en el campo de batalla. Solo al final, casi de pasada, menciona sus habilidades como arquitecto, escultor y pintor (en ese orden). La misiva está escrita para captar la atención de Sforza, un aristócrata más preocupado por las guerras que las artes, pero aún así nos revela algo valioso sobre Da Vinci: aunque hoy lo recordemos como pintor, él se veía como un hombre de ciencia.
De hecho dejó notas que lo convierten en uno de los grandes precursores de la ciencia moderna. Incluso hay quien lo considera “el primer científico”.
¿Quién era Leonardo Da Vinci? Lo sé, en 2026 esa pregunta parece una perogrullada. Todo el mundo sabe quién era Leonardo da Vinci, igual que todos tenemos una idea (más o menos vaga) de quiénes fueron Beethoven, Newton, Vang Gogh, Galileo, Alejandro Magno o Cleopatra, por citar solo un puñado de personajes históricos que han acabado convertidos en iconos populares.
Una cosa es sin embargo ubicar a Da Vinci en un marco histórico o citar sus pinturas más famosas y otra asomarse a su enorme complejidad intelectual, la misma que él deja entrever de forma calculada en la carta a Ludovico Sforza y de manera mucho más clara y pormenorizada en sus cuadernos de notas.
Más allá de los pinceles. En sus cuadernos de escritura especular, Da Vinci deja una enorme cantidad de diseños que se anticipan en siglos a lo que sería el helicóptero, el tanque o incluso el submarino; pero también diserta sobre temas tan variados como la moral, teología, psicología, geología, anatomía, hidráulica, estética… y eso entre un largo, larguísimo etcétera. Hace un tiempo el ingeniero Eduardo García de Zúñiga (1867-1951) nos ayudó a navegar ese maremágnum intelectual juntando gran parte de los aforismos escritos por Leonardo.
