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Irán ya está restaurando su infraestructura de guerra

Durante la guerra de Vietnam, pilotos estadounidenses bombardearon durante días una red de túneles cerca de Cu Chi convencidos de haberla inutilizado por completo. Cuando las tropas avanzaron sobre el terreno, descubrieron que no solo seguía operativa, sino que los combatientes habían reaparecido desde salidas ocultas a pocos metros de sus posiciones. La escena dejó una lección brutal: destruir desde el aire no siempre significa eliminar lo que hay debajo.

Un inicio de guerra que lo cambia todo. Las primeras horas del conflicto en Irán marcaron el tono de todo lo que vendría después: una intensidad de fuego pocas veces vista, con cientos de misiles y casi un millar de drones lanzados en apenas dos días, obligando a los sistemas defensivos a operar al límite desde el primer momento.

Aquel volumen no solo evidenció la escala del arsenal iraní, sino también el tipo de guerra que se estaba librando, una en la que la saturación era casi tan importante como la precisión. Desde ese punto de partida, la expectativa era clara para todos los actores: si ese ritmo se sostenía, la clave no iba a estar en quién golpea más fuerte, porque ese actor tenía nombre desde el inicio, sino en quién aguanta más tiempo.

La ilusión de destrucción total. Porque Estados Unidos e Israel respondieron en las primeras 48 horas de guerra con una campaña masiva de bombardeos que buscaba inutilizar la infraestructura militar iraní, atacando miles de objetivos y sellando accesos a bases subterráneas para dejar atrapados los lanzadores.

Durante semanas, el mensaje oficial fue contundente: el programa de misiles había sido devastado y la capacidad de respuesta del país estaba prácticamente anulada. Sin embargo, incluso en ese momento surgieron dudas desde dentro del propio aparato estadounidense, que advertía de que una parte significativa de esos sistemas no había sido destruida, sino simplemente bloqueada o inaccesible de forma temporal.

Las montañas como escudo y estrategia. Lo contamos en su momento. El verdadero elemento diferencial no estaba en los misiles, sino en dónde estaban guardados. Irán lleva décadas construyendo una red de instalaciones subterráneas en entornos montañosos, muchas de ellas excavadas en roca granítica capaz de resistir ataques extremadamente potentes.

Estas “ciudades de misiles” no solo almacenan armamento, sino que integran sistemas logísticos completos, con túneles, puntos de lanzamiento y rutas de escape diseñadas para reducir al mínimo la exposición. Es una arquitectura pensada para sobrevivir al primer golpe, asumir daños y mantener intacto el núcleo operativo, en una lógica que prioriza la resiliencia sobre la invulnerabilidad.