La crucifixión de Jesús de Nazaret ocurrió entre los años 30 y 33 d.C. en el Gólgota, en Jerusalén, bajo la autoridad del gobernador romano Poncio Pilato. El hecho representó una ejecución pública ordenada tras acusaciones de blasfemia por autoridades judías y de sedición contra el Imperio romano. La sentencia respondió a la proclamación de Jesús como “rey de los judíos”, lo que se interpretó como una amenaza política.
Antes de la crucifixión, Jesús sufrió un castigo severo que incluyó flagelación y la imposición de una corona de espinas. Los soldados lo obligaron a cargar la cruz hasta el sitio de ejecución. En ese lugar, lo clavaron de manos y pies y lo colocaron entre dos condenados. Sobre la cruz se colocó un letrero en varios idiomas con la inscripción que lo identificaba como el “Nazareno, rey de los judíos”.
El proceso de muerte se extendió durante varias horas de agonía. De acuerdo con los relatos, Jesús pronunció sus últimas palabras antes de fallecer. Testimonios mencionan fenómenos como oscuridad y un sismo en el momento de su muerte. Un soldado romano confirmó el deceso al herir su costado con una lanza, de donde salió sangre y agua, lo que reforzó la certeza de su fallecimiento.
Tras el suceso, el cuerpo fue entregado a José de Arimatea y a Nicodemo, quienes lo colocaron en un sepulcro nuevo. Entre los testigos estuvieron María, otras mujeres y el apóstol Juan. Este acontecimiento se consolidó como el eje central de la fe cristiana al interpretarse como un sacrificio por la humanidad.
