Ponte en situación. Llegas a la oficina pensando que será un miércoles más de marzo cuando de repente tu jefe te dice que la empresa ha decidido ascenderte y (de paso) doblarte el sueldo. No solo eso. Mientras compartes la noticia con tus colegas notas que el móvil vibra en el bolsillo, lo sacas y te encuentras con que esa chica por la que llevas meses suspirando acaba de invitarte a cenar. Dopamina por las nubes. Chorreo de endorfinas. Te sientes el rey del mambo y es lógico, ¿no? Al fin y al cabo si existe la felicidad debe ser algo muy parecido a eso.
Desde la Francia del siglo XVII François de La Rochefoucauld, un aristócrata al que le gustaba llenar cuartillas con sus reflexiones, tiene un mensaje para ti: “Nunca somos tan felices ni tan desdichados como nosotros creemos”.
¿Por qué hacemos lo que hacemos? Una pregunta parecida a esa se hizo en la Francia del XVII François de La Rochefoucauld, político, aristócrata, literato y un agudo moralista de ingenio afilado. Responderla le llevó tiempo y dar forma a una obra fascinante, Máximas, una colección de reflexiones breves con las que el autor busca básicamente “retratar el corazón del hombre”. Es curioso lo que dice. Y es curioso también cómo lo dice, recurriendo a un tono perspicaz, irreverente (por veces incluso descarnado), pero en el que ante todo prima la sinceridad.
Para muestra un botón. Cuando La Rochefoucauld intenta aclarar qué es la amistad, llega a la siguiente conclusión: “No es más que un pacto, un respeto recíproco de intereses y un intercambio de favores; en resumidas cuentas, una relación en la que el amor propio siempre se propone ganar algo”. ¿Duro? No más que cuando observa, en la misma obra, que “los viejos gustan de dar buenos consejos para consolarse de no estar ya en condiciones de dar malos ejemplos”.
