Durante décadas, la industria aeroespacial ha tenido una solución de consenso para el problema de la basura espacial: quemarla. Un fenómeno bastante sencillo que se basa en la reentrada de un satélite cuando termina su vida útil en la atmósfera para que comience a sufrir la fricción y lo desintegre por completo. Pero la realidad es que estamos ante un grandísimo problema, ya que la física nos recuerda que la materia ni se crea ni se destruye.
Lo hemos capturado. La ciencia está dándose cuenta de que no estamos eliminando la chatarra espacial, solo la estamos vaporizando para convertirla en aerosoles metálicos que están cambiando la química de nuestro propio cielo. Y la pista definitiva de este problema se encontró la noche del 19 de febrero de 2025, donde un equipo de investigadores alemanes apuntó un láser hacia el cielo de Kühlungsborn.
Lo que detectaron en este caso a unos 100 kilómetros de altitud, en la termosfera, fue alguno que no debería estar ahí, puesto que había grandes cantidades de litio. Y no estaba ahí porque sí, ya que justo coincidió horas antes con la reentrada de un cohete Falcon 9 de SpaceX que había sido desintegrado sobre el Atlántico entre Irlanda y Reino Unido.
Algo nuevo. La señal medida en este caso no era demasiado sutil, puesto que era 10 veces mayor a la concentración habitual en esa región, y este hallazgo se recogió en un artículo porque marca un gran hito: es la primera vez que se observa “en vivo” y desde la Tierra la contaminación metálica desprendida de una pieza de chatarra espacial concreta en el momento exacto de quemarse.
El iceberg metálico. El incidente con este Falcon no es algo aislado en nuestra sociedad, sino que es un síntoma del cambio estructural que estamos viviendo. En 2023, ya un equipo de investigadores utilizó diferentes dispositivos para poder analizar más de 50.000 partículas de aerosol en la estratosfera, que es la capa donde reside nuestra capa de ozono, a unos 15-30 km de altitud.
Qué vieron. De manera histórica, los metales que se encontraban en la estratosfera provenían de los meteoritos que entraban en nuestro planeta. Pero hoy se estima que 210 toneladas anuales de aluminio en la atmósfera proceden de la desintegración de los satélites y cohetes, frente a las 20 toneladas anuales que se vaporizan de forma natural desde los meteoros.
Pero el litio no es el único metal que hay en la atmósfera de nuestro planeta, puesto que los científicos han detectado más de veinte elementos, entre los que destacaban el aluminio, el cobre, el plomo o la plata… Esto es algo que no encaja con la composición normal de los meteoritos, pero sí coincide con los materiales que usan las diferentes empresas aeroespaciales para crear sus cohetes y sus satélites.
