En el marco de la temporada de carnavales en Oaxaca, las comunidades del estado se preparan para vivir una de las expresiones culturales más arraigadas y significativas de su calendario festivo. Lejos de replicar los modelos tropicales caracterizados por comparsas multitudinarias y espectáculos coreográficos, en territorio oaxaqueño esta celebración adquiere matices propios que nacen de la cosmovisión de cada pueblo.
En diversas regiones como los Valles Centrales, la Sierra Norte, la Mixteca y el Istmo de Tehuantepec, el carnaval no solo es sinónimo de fiesta, sino también de identidad. Cada comunidad imprime en sus celebraciones elementos simbólicos que dialogan con su historia, su entorno y su herencia indígena, convirtiendo estas fechas en un espacio de reafirmación cultural.
A diferencia de los carnavales más conocidos en el mundo, como el de Río de Janeiro en Brasil, donde predominan el espectáculo, la música y la danza como atractivo turístico internacional, en Oaxaca el sentido comunitario es el eje central. Las comparsas recorren calles acompañadas de música tradicional, máscaras talladas en madera, vestimentas elaboradas artesanalmente y personajes que representan tanto figuras festivas como críticas sociales.
En muchos municipios, el carnaval se entrelaza con el calendario religioso previo a la Cuaresma, integrando celebraciones litúrgicas con rituales de origen prehispánico. Esta mezcla de cultura y religión refleja la manera en que los pueblos han adaptado influencias externas a su propia visión del mundo, generando expresiones únicas que se transmiten de generación en generación.
Además, estas festividades fortalecen el tejido social, ya que su organización involucra a autoridades comunitarias, mayordomos, músicos y familias enteras que colaboran para dar vida a la celebración. Más que un espectáculo, el carnaval en Oaxaca es una manifestación viva de memoria colectiva.
Así, mientras el mundo asocia el carnaval con grandes desfiles y escenarios internacionales, en Oaxaca esta temporada se vive como un acto de identidad, donde la tradición y la espiritualidad convergen en las calles de cada comunidad, recordando que la cultura también se celebra desde lo profundo de la raíz.
