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La relación humana con la IA ya está siendo estudiada

Nunca pensé que escribiría esto, pero llevo días pensando en Michel Foucault más de lo que me gustaría. Y la culpa la tiene un dolor de espalda. Fue hace un par de semanas, era la una de la madrugada y hacía rato que la casa estaba en silencio. Ahí vino el pinchazo.

Podía haber despertado a mi mujer que estaba a 30 centímetros y, en fin, es médica; podía haber buscado en Google; incluso podía haber preguntado en algún foro de Internet. Y, sin embargo, abrí ChatGPT, le pregunté qué me apsaba y poco después apagué el móvil para irme a dormir.

Y me dormí enseguida.

Pero hace unos días, este análisis de Javier Lacort sobre ChatGPT Health me dejó pensando. No porque la IA estuviera entrando de lleno en el mundo de la salud y el “consejo médico” (algo que, por otro lado, yo sabía de primera mano); sino por algo que se comentaba en él: que “preferimos preguntarle a un chatbot que esperar tres semanas para una cita o que molestar a un amigo a las once de la noche”.

Me dolió un poco. Ahí había algo interesante.

Las once de la noche; la una de la madrugada
“La competencia de ChatGPT”, continuaba Lacort, “no es tanto con los médicos como con la red de apoyo emocional que solíamos tener. Preguntábamos a nuestra madre, a nuestra pareja, al amigo que estudió enfermería”. Pero, de un tiempo a esta parte, “molestar a alguien se ha vuelto costoso emocionalmente”.

Esa última frase es demoledora porque en ella está la clave de algo que va mucho más allá de los chatbots con usos médicos. Algo que atraviesa los problemas de los milenials con las llamadas, con las pescaderías, con el sexo o con cualquier interacción que no esté mediada por una pantalla: la profunda aversión cultural que el mundo moderno ha generado a la ‘fricción social’ .

Y es curioso porque, aunque recién en los últimos años vemos las consecuencias más llamativas, la sociología y el análisis cultural llevan décadas señalando lo que estaba pasando.

Tenemos a Norbert Elias, por ejemplo, que estaba convencido de que (como parte de la prolongación del proceso civilizatorio) los umbrales de vergüenza e incomodidad se están desplazando. Lo que hace cincuenta años era perfectamente normal —llamar sin avisar, pedir un favor a un conocido, interrumpir a alguien con una duda— hoy roza lo intrusivo. Es más, hoy lo hemos interiorizado.