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La importancia de Groenlandia y el interés de Estados Unidos por ella

Como si fuera un Deja Vú, 2026 ha comenzado exactamente igual que 2025: con la insistencia de Trump en hacerse con Groenlandia. Ocurre que ya no parece un capricho aislado ni una excentricidad retórica, sino la convergencia de una pulsión personal, una oportunidad estratégica percibida como fácil y un cálculo geopolítico de alto impacto. Venezuela ha servido para encender la mecha.

Groenlandia como obsesión. Tras la captura de Maduro, Trump comprobó de nuevo que el uso de la fuerza en el exterior carece de los frenos legales y judiciales que sí constriñen su acción doméstica, y que, frente a adversarios o aliados claramente superados, la realidad se impone al derecho internacional sin demasiadas consecuencias inmediatas.

Groenlandia aparece entonces (otra vez) como el premio perfecto: un territorio enorme, escasamente poblado, defendido por un aliado incapaz de resistir militarmente y situado en una zona donde Washington puede vestir la ambición territorial con el lenguaje de la “seguridad nacional”. La reiteración del mensaje, el nombramiento de un enviado específico y las declaraciones públicas que normalizan incluso la opción militar indican que no se trata de una broma ni de simple presión diplomática, sino de una obsesión que crece a medida que el margen político interno de Trump se estrecha.

La paradoja fundacional de la OTAN. El problema central es que Groenlandia pertenece al Reino de Dinamarca, miembro pleno de la OTAN, y cualquier acción estadounidense contra ella colocaría a la Alianza ante una paradoja para la que no fue diseñada. El Artículo 5, concebido para disuadir a enemigos externos, no contempla con claridad qué ocurre cuando el agresor es el miembro hegemónico. Como ha advertido la primera ministra danesa Mette Frederiksen, en ese escenario “todo se detendría”: la OTAN podría seguir existiendo formalmente, pero su credibilidad quedaría destruida.

Nadie acudiría en defensa de Groenlandia frente a Estados Unidos, no solo por falta de voluntad política, sino por la asimetría material absoluta entre Washington y el resto de los aliados. El mensaje implícito es un trueno para Europa: las garantías de seguridad ya no son automáticas, y la fuerza vuelve a situarse por encima del tratado, un desenlace que beneficia directamente a Rusia en el momento de mayor tensión desde el final de la Guerra Fría.