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El mundo de los videojuegos está en un dilema

La industria global del videojuego facturó cerca de 185.000 millones de dólares en 2024 y sigue creciendo. Pero hay una trampa: ese crecimiento no llega a los estudios ni a la zona que otean los jugadores tradicionales, los de la guerra de las consolas y la vetusta PC Master Race. El habitual informe anual de Matthew Ball deja un diagnóstico menos complaciente: los ingresos se concentran en China, en plataformas como Roblox y en los dueños de los sistemas operativos móviles. El resto sobrevive como puede.

Los viejos tiempos (2021): Aún se habla de lo buenísimo que fue el año 2021 para los videojuegos. Parece que fue ayer cuando la pandemia (insertar aquí meme del abuelo Simpson contando batallitas a los chavales) confinó a cientos de millones de personas en sus casas, y los juegos (móviles, de consola, de PC, gratuitos, de suscripción) absorbieron los beneficios de ese confinamiento. Según analiza Ball, CEO de Epyllion, en The State of Video Gaming in 2025, los factores que impulsaron ese pico fue una suma de factores extraordinaria: se dispararon las plataformas móviles, los modelos free-to-play, los juegos como servicio, el cross-play y géneros nuevos como el battle royale y el juego social.

Cuesta abajo. La otra cara de aquello fue una recesión mucho mayor de lo que se preveía: el gasto global en videojuegos cayó un 3,5% en 2022 y apenas recuperó unos puntos porcentuales hacia finales de 2024. Según la consultora MIDiA Research, el sector había disfrutado de un crecimiento del 26,3% en 2020 y del 9,8% en 2021, y el rebote era inevitable. Según Ball, los motores que habían impulsado la industria entre 2011 y 2021 se pararon todos a la vez: los smartphones ya no sorprendían con cada interación, las redes sociales estaban paralizadas, el free-to-play se normalizó. El 6,5% del tiempo total de juego en 2023 correspondió a videojuegos nuevos, afirma Ball, y solo cuatro títulos se repartieron la mitad de ese porcentaje.

Despidos a mansalva. El informe también habla de cómo los despidos del sector desde 2022 ilustran ese ajuste: más de 44.000 puestos de trabajo, el 61% de ellos concentrado en Norteamérica. Esto no significa que sea el final de la industria ni que se esté repitiendo el crash de 1983, como se ha llegado a decir (la industria está demasiado diversificada y globalizada para repetir un colapso sistémico de aquella magnitud). Lo que estamos pagando es el coste de haber construido durante la pandemia una estructura pensada para una industria en crecimiento continuo.